TIFEO era el último hijo de Gea, engendrado con el Tártaro después de que Zeus derribó a los titanes — y la mayor amenaza que enfrentó el Olimpo. Tenía cien cabezas de serpiente saliéndole de los hombros, cada una con voz propia, y la lucha contra él cierra la Teogonía. Perdió, fue arrojado al Tártaro como los titanes, y quedó desde allí soplando las tempestades sin hora. De su unión con Equidna nace casi todo el bestiario griego: la Hidra, la Quimera, Cerbero, la Esfinge, el León de Nemea.
El último hijo de la Tierra
Hesíodo es claro sobre el momento: Tifeo nace después de la Titanomaquia. La Tierra, derrotada en sus hijos, engendra uno más — y esta vez con el Tártaro, el pozo más hondo del mundo.
Pero cuando Zeus expulsó a los titanes del cielo, la inmensa Tierra dio a luz a su hijo menor, Tifeo, del amor del Tártaro, con el auxilio de la dorada Afrodita. La fuerza estaba en sus manos en todo lo que hacía, y los pies del dios fuerte eran incansables.
Hesíodo, Teogonía 820 (trad. Hugh G. Evelyn-White, 1914)
«Con el auxilio de la dorada Afrodita» es un detalle que suele pasar inadvertido y que dice mucho: hasta el monstruo que quiere destruir el mundo nace por la misma fuerza que hace nacer todo lo demás. Hesíodo no hace excepción ni con el enemigo.
Las cien cabezas
La descripción que viene enseguida es una de las más detalladas de la poesía griega arcaica, y lo que enfatiza no es el tamaño: es la VOZ. Cada una de las cien cabezas emite un sonido distinto, y la lista de los sonidos es el retrato del monstruo.
De sus hombros salían cien cabezas de serpiente, de dragón temible, dardeando lenguas oscuras; y de los ojos, en las cabezas prodigiosas, ardía fuego bajo las cejas.
Hesíodo, Teogonía 829 (trad. Hugh G. Evelyn-White, 1914)
Hesíodo sigue describiendo las voces: unas hablaban de modo que los dioses entendían, otras eran mugido de toro, otras rugido de león, otras todavía el gañido de un cachorrito. Un monstruo que habla todas las lenguas del mundo animal es un monstruo que no pertenece a ningún orden.
La lucha que cierra la Teogonía
El combate entre Zeus y Tifeo es el clímax del poema, y Hesíodo lo describe como un incendio cósmico: la tierra se derrite, el mar hierve, el Tártaro tiembla. Zeus vence con el rayo, y el vencido es arrojado donde ya estaban los titanes.
…y así la tierra se derritió en el resplandor del fuego abrasador. Y, en la amargura de su cólera, Zeus lo arrojó al vasto Tártaro.
Hesíodo, Teogonía 868 (trad. Hugh G. Evelyn-White, 1914)
Apolodoro cuenta una versión bastante más dramática, en la que Tifeo llega a ganar el primer asalto: le arranca los tendones a Zeus y lo esconde en una caverna de Cilicia, y hace falta que Hermes se los robe de vuelta para que el dios pueda pelear otra vez. Es la única narración griega en que Zeus es temporalmente derrotado.
Lo que dejó
Vencido, Tifeo sigue actuando de dos maneras. La primera es meteorológica: de él vienen los vientos sin ley, los que revientan una nave fuera de estación — en oposición a los cuatro vientos de linaje divino.
Y de Tifeo vienen los vientos impetuosos que soplan húmedos — excepto Noto, Bóreas y el resplandeciente Céfiro, pues estos son de linaje divino y gran bendición para los hombres.
Hesíodo, Teogonía 870 (trad. Hugh G. Evelyn-White, 1914)
La segunda es la descendencia. Con Equidna, la serpiente-ninfa, Tifeo engendra la mayor parte de los monstruos que los héroes griegos van a enfrentar: el perro Ortro, Cerbero, la Hidra de Lerna, la Quimera, la Esfinge y el León de Nemea. Casi todo trabajo de Heracles y casi todo enigma de Edipo tienen el mismo padre.
Y está la geografía. La tradición ponía a Tifeo debajo del Etna, en Sicilia, y explicaba las erupciones como el monstruo moviéndose — lectura que Píndaro y Esquilo desarrollan y que sobrevivió hasta la Edad Moderna como la explicación poética estándar de los volcanes.
Dónde está enterrado, y cómo se sabe
La Ilíada nombra a Tifeo una sola vez, y no para contar su historia: para describir el ruido de un ejército marchando.
Así marcharon entonces, como si toda la tierra fuera barrida por el fuego; y la tierra gemía debajo de ellos, como debajo de Zeus que lanza el rayo en su ira, cuando fustiga la tierra alrededor de Tifeo, en el país de los Árimos, donde los hombres dicen que está el lecho de Tifeo.
Homero, Ilíada 2.780 (trad. Augustus Taber Murray, 1924)
★★ **«Donde los hombres dicen que está el lecho de Tifeo.»** Homero trata al monstruo como geografía sabida: existe un lugar, tiene nombre, y la gente lo señala. El terremoto y el volcán son, en el vocabulario griego arcaico, un cuerpo dándose vuelta debajo del suelo.
⚠ Y fíjense en lo que hace la comparación: para decir que cuarenta mil hombres hacen ruido, Homero los compara con el peor día de la historia del universo. Ver Zeus y Los Gigantes.