HERMES era el dios olímpico de los límites y de quienes los cruzan: mensajero entre el Olimpo y la tierra, guía de los viajeros, patrono de los pastores, de los mercaderes, de los oradores y también de los ladrones. Hijo de Zeus y de la ninfa Maya, nació en una caverna del monte Cilene, en Arcadia, y el mismo día en que nació inventó la lira y robó el ganado de Apolo. Ningún otro dios griego reúne tantos oficios, y todos ellos son la misma cosa vista desde ángulos distintos: Hermes es aquel que pasa de un lado al otro.
El nacimiento en Cilene
La ascendencia de Hermes es de las pocas sobre las que las fuentes antiguas no discrepan. Hesíodo la registra en el cierre de la Teogonía, entre los últimos amores de Zeus, y lo que guarda allí no es solo el nombre de la madre: es ya el oficio del hijo.
Y Maya, hija de Atlas, dio a Zeus el glorioso Hermes, heraldo de los dioses inmortales, pues subió a su lecho sagrado.
Hesíodo, Teogonía 938 (trad. Hugh G. Evelyn-White, 1914)
El Himno Homérico a Hermes — el poema más largo que la Antigüedad le dedicó a este dios — abre repitiendo la misma genealogía y agregando el lugar. Cilene, en Arcadia, es la montaña de la caverna donde Maya lo dio a luz, y el epíteto que el dios cargará por toda la literatura griega nace ahí.
Musa, canta a Hermes, hijo de Zeus y de Maya, señor de Cilene y de Arcadia rica en rebaños, el mensajero de los inmortales que trae la buena fortuna, a quien dio a luz Maya, la ninfa de hermosas trenzas, cuando se unió en amor a Zeus.
Himno homérico 4, a Hermes 1 (trad. Hugh G. Evelyn-White, 1914)
El primer día: la lira y el ganado de Apolo
Lo que distingue a Hermes de los demás olímpicos no es haber nacido de Zeus — medio Olimpo nació de él. Es lo que hizo en sus primeras horas. El himno cuenta el día entero en tres gestos, y la brevedad es a propósito: es un dios que no necesita tiempo.
Nacido con la aurora, al mediodía tocaba la lira, y al atardecer robó el ganado de Apolo, el que dispara de lejos, en el cuarto día del mes — pues fue en ese día que la soberana Maya lo dio a luz.
Himno homérico 4, a Hermes 17 (trad. Hugh G. Evelyn-White, 1914)
La tortuga que se volvió instrumento
El primero de los tres gestos es una invención, y el himno se la atribuye a él sin repartir el crédito con nadie. Hermes encuentra una tortuga paciendo a la puerta de la caverna y ve en ella lo que nadie había visto.
Pues fue Hermes quien primero hizo de la tortuga una cantora. La criatura se le cruzó en el camino, a la puerta del patio, donde se alimentaba de la hierba abundante delante de la morada, contoneándose al andar. Al verla, el hijo de Zeus que trae la buena fortuna rio y dijo:
Himno homérico 4, a Hermes 25 (trad. Hugh G. Evelyn-White, 1914)
El robo, y el trueque que lo cierra
Apolodoro resume la misma historia en prosa, y su versión tiene un detalle que el himno trata con más extensión: el recién nacido calza al ganado para que las huellas no lo delaten. El episodio termina no en castigo, sino en negocio — la lira por el rebaño, y después la flauta por la vara de oro.
Maya, la mayor, como fruto de su unión con Zeus, dio a luz a Hermes en una caverna de Cilene. Fue puesto en pañales sobre el harnero, pero se escabulló y fue hasta Pieria, y robó el ganado que Apolo apacentaba. Y para no ser descubierto por las huellas, calzó a los animales y los llevó a Pilos, y escondió al resto en una caverna.
Pseudo-Apolodoro, Biblioteca 3.10.2 (trad. Sir James George Frazer, 1921)
Es el mismo pasaje de Apolodoro el que cierra el episodio con la frase que define la carrera del dios: Zeus lo nombró heraldo de sí mismo y de los dioses de abajo. Los dos destinos que Hermes tendrá — el del Olimpo y el del mundo de los muertos — se le atribuyen allí, en la misma línea.
El mensajero
En la Odisea, cuando los dioses deciden que Ulises debe dejar la isla de Calipso, es Hermes quien lleva la decisión. Zeus no explica la elección: apenas la constata, y la fórmula que usa vale como definición del oficio.
Y le dijo a Hermes, su hijo amado: “Hermes, ya que en otras ocasiones eres nuestro mensajero, declárale a la ninfa de hermosas trenzas nuestra firme decisión — el regreso de Ulises, de corazón constante —, para que vuelva sin guía de dioses ni de hombres mortales.”
Homero, Odisea 5.28 (trad. Augustus Taber Murray, 1919)
Lo que viene enseguida es la descripción más completa que Homero da de los dos objetos del dios, y ambos dicen lo mismo: las sandalias vencen la distancia, y la vara vence la conciencia. Un dios que atraviesa el espacio y el sueño.
Enseguida ató bajo sus pies las bellas sandalias, inmortales, doradas, que solían llevarlo sobre las aguas del mar y sobre la tierra sin límites, veloces como las ráfagas del viento. Y tomó la vara con que adormece los ojos de quien quiere, mientras que a otros los despierta aun del sueño.
Homero, Odisea 5.44 (trad. Augustus Taber Murray, 1919)
El conductor de las almas
La misma vara que adormece a los vivos conduce a los muertos. El último canto de la Odisea abre con Hermes reuniendo las almas de los pretendientes asesinados y llevándolas hacia abajo — la función que los griegos llamaban psicopompo, el guía de almas, y que lo vuelve el único olímpico con tránsito libre en el reino de Hades.
Entretanto Hermes de Cilene llamaba afuera a las almas de los pretendientes. Tenía en las manos su vara, hermosa vara de oro, con la que adormece los ojos de quien quiere, mientras que a otros los despierta aun del sueño.
Homero, Odisea 24.1 (trad. Augustus Taber Murray, 1919)
En la Ilíada, el mismo oficio aparece en su forma más delicada: son los dioses quienes deciden que Príamo debe atravesar el campamento enemigo para rescatar el cuerpo del hijo, y es Hermes quien lo acompaña. Cruzar líneas que no se cruzan es, en las dos epopeyas, lo que hace este dios.
Así Aquiles, en su furia, ultrajaba al divino Héctor; pero los dioses bienaventurados, al verlo, tuvieron piedad, e instigaron al vigilante Argifonte a robar el cuerpo.
Homero, Ilíada 24.24 (trad. Augustus Taber Murray, 1924)